La solución a la enfermedad del alcoholismo

En nuestro último artículo, “Los cuatro tipos de bebedores”, reseñamos los cuatro tipos básicos de bebedores: el bebedor ocasional, el bebedor moderado, el bebedor fuerte y el bebedor alcohólico.  Nos centramos más en establecer la diferencia entre el bebedor fuerte y el bebedor alcohólico.  

Terminamos el artículo bosquejando los cuatros síntomas esenciales del bebedor alcohólico: obsesión hacia la bebida, falta de fuerza de voluntad para resistir la tentación de tomar un trago, pérdida de control al empezar a tomar y lagunas mentales.  Finalmente, pusimos de relieve la doble obsesión y la ausencia de fuerza de voluntad en cuanto al alcohol se refiere como los dos rasgos definitorios de la enfermedad del alcoholismo (Revista Prevención 4-5).

            En este artículo queremos profundizar un poco más en los dos rasgos definitorios de la enfermedad del alcoholismo y ofrecer una solución a tan desconcertante enfermedad, según la hemos experimentado nosotros mismos así como millones de alcohólicos y alcohólicas.  Nos anima el propósito de que las notas y comentarios aquí presentados puedan ser útiles a los lectores que quieran tener un entendimiento práctico de lo que es la enfermedad del alcoholismo. 

El problema

            Afortunadamente, no existe una cura médica para el alcoholismo.  Es una condición que se manifiesta en tres niveles: físico, mental y espiritual.  En su paulatino avance, el alcohol destruye el cuerpo, la mente y el espíritu.  La catalogamos, más que nada, como una enfermedad mental progresiva, la cual una vez desarrollada, no da marcha atrás a menos que el bebedor o bebedora se abstenga completamente de la bebida.  No hay jarabe, pastilla ni inyección que detenga la progresión de la enfermedad.  Por lo tanto, la única receta que trabaja es la abstención total, de manera tal que mientras el bebedor alcohólico no se tome la primera copa, su comportamiento será igual al de los bebedores normales.  No obstante, una vez que el bebedor alcohólico entra en contacto con el alcohol, no importa su largo periodo de abstinencia, su comportamiento se torna muy diferente al de los bebedores normales.  El alcohólico puede estar muchísimos años sin beber, pero una vez se toma la primera copa, vuelve a perder el control, y su comportamiento se tornará errático, desconcertante e incluso antisocial.  Su largo periodo de abstinencia no le capacita para beber como la gente normal.  La enfermedad del alcoholismo ha seguido trabajando subterráneamente, y el bebedor alcohólico vuelve a tomar la enfermedad donde la había dejado veinte, treinta o cuarenta años atrás. 

            Una vez el individuo se ha convertido en alcohólico, seguirá siendo un alcohólico para el resto de sus días.  Aunque no beba, lleva latente una soterrada obsesión, la cual se ha incrustado en los estratos más profundos de la psiquis.  Por lo tanto, seguirá siendo un bebedor alcohólico, y de aquí nace el nombre alcohólico.  Para la sociedad el término es chocante y hasta desagradable, pero aquí hablamos en términos de la recuperación tal cual es practicada en las comunidades de doce pasos.  Un bebedor fuerte puede dejar la bebida si se presenta una razón de peso para hacerlo ya que el bebedor fuerte puede hacer valer su fuerza de voluntad.  Un alcohólico no puede hacer valer su fuerza de voluntad porque no la tiene.  Así, pues, “el principal problema del alcohólico está centrado en su mente más que en su cuerpo” (Alcohólicos Anónimos 23).

            La doble obsesión del alcohólico o alcohólica le ha ido conduciendo inadvertidamente hacia el dintel de la desesperación y la muerte.  ¿Qué es exactamente la doble obsesión?  La primera obsesión es el deseo imperioso de tomarse un trago.  No hay muralla capaz de atajar ese deseo si se es realmente alcohólico.  En esa lucha titánica el alcohólico sufre porque sabe que no debe darse el primer trago.  Piensa en las humillaciones, reconvenciones y cargos de conciencia que le acarreó su última borrachera, y tiene la clara intuición de que no debe darse ese primer trago.  Pero la lucha es desigual y el alcohólico está indefenso ante la primera copa.  Así lo expone el Capítulo 2 de Alcohólicos Anónimos: “Nuestra llamada fuerza de voluntad se vuelve prácticamente inexistente.  Somos incapaces a veces de hacer llegar con suficiente impacto a nuestra conciencia el recuerdo del sufrimiento y la humillación de hace apenas una semana o un mes.  Estamos indefensos ante la primera copa” (24).

            La segunda obsesión, más peligrosa aún que la primera, y la cual hace del alcohólico un personaje completamente desconcertante y trágico, es el urgente deseo de controlar la bebida.  Ya no se trata solamente de controlar el deseo de beber, sino también de controlar el número de tragos que uno piensa beber.  El alcohólico tratará a base de todo experimento de probar que él o ella es la excepción a la regla, que esta vez será diferente, que esta vez se podrá controlar y que finalmente podrá beber normalmente.  El Capítulo 3 de Alcohólicos Anónimos expone el conflicto de manera muy elocuente: “La idea de que de alguna forma, algún día, llegará a controlar su manera de beber y a disfrutar bebiendo es la gran obsesión de todo bebedor anormal.  La persistencia de esta ilusión es sorprendente.  Muchos la persiguen hasta las puertas de la locura o de la muerte” (30).

            Una vez la doble obsesión se arraiga en su psiquis, el individuo se convierte en un ser impredecible y desconcertante.  Este es el alcohólico real, y será un alcohólico para el resto de sus días.  Por alguna razón que no acertamos a comprender, este individuo jamás podrá volver a beber socialmente y a disfrutar de la bebida como una vez pudo haberlo hecho.  Hay una línea invisible que separa al alcohólico del bebedor normal, y una vez se cruza esa línea no hay vuelta atrás.  El alcohólico, hombre o mujer, ha perdido el control hacia la bebida, y ese control no se recupera jamás.  Alcohólico hoy, alcohólico para el resto de la vida.

            No importa el más vehemente deseo por parar de beber, el alcohólico no podrá por sus propios medios detener la obsesión ya que se ha colocado en el lugar de donde no se regresa con ayuda humana.  El alcohólico ha viajado a una tierra de nadie, al lugar sin límites, a una frontera sin retorno, es decir, se ha colocado en el dintel de las tinieblas y la muerte.  El Capítulo 2 de Alcohólicos Anónimos es lapidario en su exposición del irreversible dilema:

                        Nosotros estábamos en una situación en que la vida se estaba volviendo                                          imposible, y si pasábamos a la región de la que no se regresa por medio de la   ayuda humana, teníamos solo dos alternativas: una era la de llegar hasta el amargo             fin, borrando la conciencia de nuestra intolerable situación lo mejor que  pudiésemos; y la otra, aceptar ayuda espiritual.  Esto último fue lo que hicimos porque honestamente queríamos hacerlo, y estábamos dispuestos a hacer el esfuerzo necesario. (25-26)

La solución

            La única forma en que un alcohólico o alcohólica puede sobreponerse a esta trágica realidad es no tomándose la primera copa, algo muy fácil de decir, pero muy difícil de poner en práctica para quien es un alcohólico verdadero.  Es una labor titánica debido a que el alcohólico activo siempre es perseguido por el espectro de la brutal obsesión y la falta de fuerza de voluntad para enfrentar el alcohol.  Ambos factores se combinan para subyugar al alcohólico, quien a la postre caerá víctima de la inclemente obsesión.  En este momento el alcohólico se encuentra entre la espada y la pared, y a menos que haga algo, podría volverse loco o morir.  Es preciso que el alcohólico que se encuentra en esta crucial coyuntura y que quiere salvarse de una muerte segura haga tres cosas: primero, reconocer que está frente a la calamidad irreversible; segundo, aceptar la derrota total ante el alcohol y tercero, dar el grito pidiendo ayuda (Transmítelo 121-122).  Esta es la antesala hacia la experiencia vital transformadora o, como le llama William James, la “conversión”, la cual hará del alcohólico un hombre o mujer libre (Conferencia IX).

            El 23 de enero de 1961 William Wilson (Bill W.), cofundador de Alcohólicos Anónimos, escribió una carta al profesor Dr. Carlos Gustavo Jung, uno de los grandes de la teoría del psicoanálisis.  En dicha misiva Bill W. le daba las gracias a Jung por haber sometido a tratamiento psiquiátrico a Rolando H., un acaudalado hombre de negocios y alcohólico de primera plana.  En su inmediata respuesta, Jung le explicaba que él había tratado por todos los medios posibles de suscitar una ingente conmoción en las más abismales simas del ser de Rolando con la intención de desencadenar a guisa de maremoto espiritual en las potencias internas del alma de Rolando.  Tales desplazamientos y gigantescas conmociones conducirían a una experiencia vital transformadora, lo cual a su vez desembocaría en el necesario cambio de personalidad que finalmente libraría a Rolando de su insaciable ansia de alcohol.  Este proceso, llamado “experiencia espiritual” por Jung es la más plausible forma de resucitar a un alcohólico desahuciado.  Jung había tenido mucho éxito con cientos de alcohólicos obstinados, pero con Rolando H. todos sus esfuerzos fueron infructíferos.  Pensando en alemán, su lengua materna, y traduciendo al inglés, Jung le explica a Bill Wilson que la experiencia vital transformadora, es decir, la conversión o experiencia espiritual, “solo ocurre cuando caminas por una senda que te conduce a una comprensión más alta”.  Tres son los caminos que pueden conducir a la experiencia vital transformadora: primero, “un acto de la gracia”; segundo, “el contacto personal y honesto con amigos”; y tercero, “una educación más alta de la mente, más allá de los confines del mero racionalismo” (Transmítelo 379).  En el tercer párrafo de su carta es donde Jung es más contundente:

                        Estoy firmemente convencido de que el principio del mal que prevalece en el                                  mundo conduce la desatendida necesidad espiritual hacia la perdición si no es  contrarrestado por una percepción religiosa real o por el muro protector de  la comunidad humana.  Un hombre ordinario que no está protegido por una acción  desde lo alto y que se encuentra aislado de la sociedad no puede resistir el poder del mal, al cual muy aptamente se le llama el Diablo.  (Transmítelo 379)

            Tras su última visita a Jung en Suiza, Rolando H. regresó a los EE.UU. y se acogió a los Grupos Oxford, sociedad ecuménica, cristiana, la cual le sirvió como muro protector de la comunidad humana y le quitó la obsesión por beber.  Bill Wilson, por su parte, relata que a él fue un acto de la gracia lo que le arrancó de súbito la obsesión por la bebida, mientras que el Dr. Robert Smith (Dr. Bob), el otro cofundador de Alcohólicos Anónimos, fue víctima de una tremenda obsesión que le duró dos años y medio.   La comunidad de Alcohólicos Anónimos le sirvió como muro protector de la comunidad humana, y fue el trabajo intensivo ayudando a otros alcohólicos lo que le arrancó, después de casi tres años, su obsesión por beber.  La mayoría de los más de dos millones de alcohólicos y alcohólicas que hoy son felices sin beber se acogieron a la comunidad de Alcohólicos Anónimos, la cual ha servido y sigue sirviendo como muro protector de la comunidad humana.  El concepto de “muro protector de la comunidad humana”, el cual ha salvado a millones y millones de alcohólicos y alcohólicas a lo largo de 83 años, es la gran contribución que, sin saberlo, hace Jung al programa de Alcohólicos Anónimos.  Dicho sea de paso, Jung estuvo ignaro de ello hasta que Bill Wilson le escribe la carta de gratitud en la cual se refiere a Jung como “el primer eslabón de la cadena de acontecimientos que condujeron a la fundación de Alcohólicos Anónimos” el 10 de junio de 1935 (Transmítelo 377).  

            De toda la discusión expuesta arriba se desprende una aparente paradoja.  Estos conceptos de recuperación fueron planteados, discutidos e implementados por hombres de ciencia: Carlos Gustavo Jung, psiquiatra de renombre internacional y fundador de una de las corrientes más importantes del psicoanálisis; y William James, psicólogo estadounidense, considerado por algunos como “padre fundador de la psicología estadounidense” (Transmítelo 121).  Bill Wilson, el Dr. Bob y el centenar de primeros alcohólicos de la década de 1930 simplificaron los conceptos arriba esbozados, y los aquilataron como principios de Alcohólicos Anónimos en el camino hacia la sobriedad.  El principio de “experiencia espiritual” o “conversión” es llana y sencillamente el  cambio de personalidad que se opera en el alcohólico o alcohólica que entra en el camino hacia la recuperación.  Dicho principio va mucho más allá del dominio de la religión.  En consonancia con su práctica de inclusión universal, AA se dio a la tarea de neutralizar los aspectos religiosos de este principio y aplicarlo al cambio social.  De ahí que la comunidad de AA es una congregación en la que comparten por igual creyentes, agnósticos, ateos, escépticos, cínicos y todo alcohólico habido y por haber, no importa su cosmovisión.  Así, pues, AA no es un programa religioso, sino una sociedad práctica, cuyo propósito es transformar las vidas de millones de seres humanos.  La única “cura” para la enfermedad del alcoholismo radica en la sabia aplicación de un principio crucial: la experiencia vital transformadora.  Este es el quid de tan maravilloso programa de recuperación.

© vs, NuevAmAA, 2018

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Fuentes Consultadas

Alcohólicos Anónimos.  New York: Alcoholics Anonymous World Services, 2008.

James, William.  The Varieties of Religious Experience.  http://csp.org/experience/james-varieties/james-varieties.html

Jung, Carlos Gustavo.  “Carta a William G. Wilson” en Biblioteca Stepping Stones, Katonah, New York [facsímil de la carta original en inglés, fechada el 30 de enero de 1931 en Kusnacht-Zürich, Suiza].

Revista Prevención.  New York: Lozano Design, 2017.

Transmítelo. New York: Alcoholics Anonymous World Services, 1984.

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Oficina de Servicios Generales de AA: (212) 870-3400, www.aa.org

Revista Prevención: (646) 479-1314, revistaprevencionny@gmail.com

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